LEYENDA

La primera piedra de esta casa-museo fue colocada el 16 de septiembre de 1945 y dos años después fue inaugurada bautizada como fortaleza, por utilizar la piedra volcánica –del mítico Xitle– que encontraron en este predio. La Casa del Indio Fernández es la propiedad en la cual vivió este legendario director, representante del cine de oro de nuestro país y  es la propiedad en la cual  habita aun uno de sus familiares. La construcción de la casa duró alrededor de 20 años.

 

Iniciada en 1946 y concluida a la muerte del Indio en 1986, esta casa, producto de un proceso de edificación de 40 años, estuvo a cargo del arquitecto Manuel Parra. Fue creciendo de manera orgánica, modificándose y adaptándose según las necesidades especiales de cada momento, empleando materiales vernáculos como la piedra, la madera y el ladrillo, creándose así una construcción compleja, con una sobresaliente expresividad arquitectónica que servía tanto de vivienda como para set cinematográfico para numerosas películas.

Tuvo como visitantes a algunas de las personalidades más influyentes en el mundo de la cultura del siglo XX tanto de México como en el mundo. Las profusas fotografías de sus muros son testigo de que en los espacios de esta casa estuvieron Diego Rivera, Marilyn Monroe, María Félix y María Callas entre muchos otros personajes.  Incluso hoy en día, y a pesar de la muerte del Indio Fernández, el desfile de personajes de la farándula no ha cesado puesto que en ella es frecuente la filmación de películas y la realización de vídeos musicales que tienen como escenario los espacios de la casa. Así, pinturas, elementos prehispánicos, fragmentos de construcciones antiguas, salones que evocan haciendas, mosaicos de conventos, forman parte de un fascinante espacio laberíntico presidido por la piedra volcánica que forra sus paredes enmarcadas por el despliegue de los arcos que soportan su interior.

 

La Casa del Indio Fernández representa para muchos expertos la identidad mexicana proyectada en un espacio arquitectónico.

VISIÓN DE ADELA FERNÁNDEZ

 

Llevo mucho tiempo dedicada a la preparación, confección y montaje de Altares de Muertos. Y sí, son tantos años cumpliendo con devoción este compromiso, que el otro día al despertar me di cuenta de que le he dedicado centenares de horas de mi vida a esta tradición. ¿Cómo es que uno llega a dedicarse más a la muerte que a la vida misma? Por donde yo ande, especialmente en los pueblos, en los tianguis, en tiendas de artesanías y en todas las épocas del año, compro todo lo relacionado con la enigmática fiesta del 2 de noviembre. Si en la calle un vendedor me sorprende con una pieza vinculada al tema, soy capaz de sacrificar las compras de los alimentos del día con tal de adquirirla.

 

He pasado días y noches haciendo esqueletos en cartón, lámina y barro, cortando papel, arreglando retablos. Y esto no es un simple quehacer artesanal, porque previo a la elaboración, rezo, enciendo velas y copal, dado que creo en el animismo y procuro que todas las cosas empleadas en los altares dejen de ser simplemente "materia ornamental" y se conviertan en objetos animados con dos propósitos: signos de veneración a las almas y como objetos contribuyentes a su evolución espiritual. Hay en todo esto muchas desveladas, esfuerzo, cansancio; gastos enormes que perjudican la economía de mi hogar, además el vivir situaciones de apariencia mágica que me confunden y separan de la realidad. Vivo entregada a esto como si Dios me hubiera dicho: "ganarás la gloria montando altares". Tomo el ritual tan en serio como si fuera yo una sacerdotisa de la Muerte. Y pregunto: ¿Cómo fue que me metí en el oficio de dar luz a los difuntos y para qué? ¿Porqué este afán de vincularme con los muertos? ¿En dónde aprendí tantas cosas y símbolos?  y ¿Cómo he soportado vivir con tanta creedera y con tamaño crecedero de obligaciones? ¿Cuáles son mis creencias al respecto? ¿Qué pretendo dar o conseguir mediante el ritual de la ofrenda? Una de las intenciones al escribir este libro es la de responderme estas preguntas. El otro motivo es el de expresar mi gratitud.

 

"Los Altares de Adela" -dicen- y con esa adjudicación se han hecho famosos. En los altares que hemos creado mis hijos, familiares, amigos y yo, y sobre todo los elaborados en la Casa Fuerte del Indio Fernández, no puede haber un sentido de propiedad ni de autor. Si acaso, puedo decir que he dirigido las tareas y que he estimulado el encanto por continuar con la tradición. Desde su concepción hasta que se levantan, los altares dependen de un trabajo colectivo y de una atención múltiple. Mucha gente me ha ayudado, no sé si por piedad al verme con tanto muerto a cuestas y tanta tarea a desarrollar, o por que he tenido el don de entusiasmar su capacidad creativa en función de los altares. Cabe también dar crédito a la posibilidad de que mucho se deba a la intervención de los muertos. Ustedes verán a lo largo de estas páginas cuan obvio es la participación de las almas en esta tarea. Sí, cierto, me he dedicado a reunir gotas para formar un río. Y no cabe la pregunta si un río es un conjunto de gotas o un ente individual. La visión de conjunto merece acreditar los altares como un trabajo colectivo.

En este libro al rememorar algunos aspectos y anécdotas, quiero dar reconocimiento a aquellas personas, y son muchas, que han colaborado conmigo en las ofrendas a los muertos, sus altares y la comida que se comparte entre dolientes e invitados. Espero, también, compartir con los lectores cierto conocimiento que he recibido de distintas fuentes sobre el simbolismo, la esencia mística y el aspecto mágico que encierra nuestro tradicional culto a los muertos. Y desde luego, al abordar la parte mundana, la de nuestra terrenidad, dejo claro que en México este culto nada tiene que ver con lo tétrico, sino con lo festivo, con la gran alegría de creer en los lazos perdurables, en la evolución de los espíritus, en la eternidad. Nada más lejano al miedo a la muerte que ver a un niño disfrutando al comer una calavera de dulce. Entraré al mundo del apetito, a los man¡ares que se cocinan para esta festividad. El recetario cumple esa función. El título del libro corresponde a estas delicias.

 

- ADELA FERNÁNDEZ. INTRODUCCIÓN DEL LIBRO: "SABROSURAS DE LA MUERTE, COMIDA PARA LAS ANIMAS" ED. LABERINTO -

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